Quien cuida, si no se cuida, no puede cuidar

Hace poco, una madre cuya hija recién nacida había tenido que estar durante mucho tiempo en la UCI infantil, me regaló este maravilloso lema que utilizan en cuidados intensivos para evitar el gran desgaste de los adultos de referencia.

Me pregunto cuánto nos cuidamos aquellas personas que pasamos nuestra vida cerca de la infancia. Tanto profesionales de la educación que a diario estamos por y para ellos, como familias que viven estos tiempos de imposible conciliación con una gran autoexigencia.

Madres y padres nos desvivimos en la crianza y en los centros educativos terminamos priorizando a los niños y niñas a costa de nuestras posibilidades. Esfuerzos, que en ambos contextos, conllevan efectos secundarios con los que hemos aprendido a vivir.

Estamos expuestos al agotamiento físico y mental, a la gran responsabilidad de acompañar, y a la complejidad para encontrar un equilibrio razonable entre la vida laboral y profesional… Lo difícil de cuidarse es que nos vamos dejando llevar y sólo nos damos cuenta de que algo va mal cuando empezamos a detectar algún malestar.

Os propongo parar y analizarnos para cuidarnos. Primero nuestros hábitos: ¿duermo lo suficiente?, ¿como regular y sano?. En nuestros contextos de vida: ¿cómo me siento en casa?, ¿y en el trabajo?, ¿hay algo que me desajusta?. No puedo estar para el otro, sin seguir creciendo personal y profesionalmente: ¿cómo me siento?, ¿soy consciente de cómo soy?, ¿cuáles son mis defectos y virtudes?,¿leo y me formo?, ¿me interesan propuestas nuevas?…

Se trata de buscar aspectos que nos afecten negativamente para tomar medidas que puedan mejorar nuestra calidad de vida y, en consecuencia, la de nuestros niños y niñas. No pretendamos alcanzar la perfección.

Algunas propuestas sencillas ya las sabéis: dormir, comer bien, descansar, generar ambientes amables, dedicarse tiempo y, sobretodo, compartir los cuidados. Esta fórmula reduce el estrés, el peso único de la responsabilidad y aporta más miradas.

Estaréis pensando en algún contexto muy perjudicial, situaciones que aparentemente no podéis resolver o que tienen mucha complejidad. En estos casos, el primer paso es reconocer lo que es. Si estoy en una escuela que no respeta, si estoy en un momento difícil de mi vida, si tengo un agotamiento profundo, el primer paso es aceptar que es así.

Sólo entonces podremos enfocarnos en tomar acciones para mejorarlo o en saber que ahora mismo no puedo hacer nada pero que puedo modificar pequeños aspectos que irán generando un cambio en mi vida. Así reduciremos el sufrimiento en situaciones difíciles y nos ayudará a poner el foco en aquello que nos da fuerza y energía.

Cuidarse es el primer paso para poder cuidar

Artículo publicado en el número 102 de la revista Aula de Infantil de Graó